Habitualmente, en muchos manuales de fotografía, cursos y conferencias se menciona el concepto de “impacto visual”. Con él se hace referencia a la capacidad de una imagen de atraer al espectador captando su atención de una forma más o menos espontánea. De hecho, en muchas ocasiones utilizamos este apelativo como sinónimo de calidad fotográfica. La frase más o menos textual viene a decir – “una buena fotografía es aquella que tiene impacto visual”-.
La “pregunta del siglo” es si podemos acotar de manera completamente objetiva las cualidades que debe poseer una fotografía para aplicarle tal calificativo. Pienso que la expresión “completamente objetiva” es demasiado restrictiva, pero si somos un poco más flexibles, quizás sí sea posible caracterizar lo que entendemos por una fotografía con impacto visual.
En una imagen podemos apreciar dos tipos de componentes: los documentales o narrativos y los puramente visuales.
El sujeto, el dramatismo de la escena o su carácter insólito pueden ser suficientes para impactar al espectador.
La luz, la forma, la textura, el color o la composición por sí solos también son capaces de atraer poderosamente nuestra atención.
Normalmente se admite que una imagen que destaque en uno o varios de los apartados anteriores posee “impacto visual”.
Cuando alguien comienza a practicar la fotografía con un mínimo de pretensiones, su primer objetivo es conseguir que, mediante la formación y la práctica,  la proporción de fotos con impacto vaya en aumento.
Sin embargo, llegado a un punto en el que el conocimiento de la técnica y los géneros son lo suficientemente altos, aparece en escena otro concepto más difuso al podríamos llamar “mensaje visual”.
Cuando la consecución de imágenes “técnicamente correctas” ya no es un reto, el fotógrafo intenta que dichas imágenes, además de impacto visual, posean un mensaje implícito que les dé un cierto toque de exclusividad. “Impacto visual”, y “mensaje visual”, no son en modo alguno conceptos contrarios o excluyentes, y suelen ir de la mano conforme vamos creciendo como fotógrafos.
Aplicado a la globalidad de la obra de un autor, el mensaje visual debería ser capaz de definir el estilo y la manera de hacer de éste, siendo seguramente el mayor desafío al que nos enfrentamos; aplicado a una imagen individual, se debería aspirar a que cada una de nuestras mejores fotografías contuviese algún tipo de matiz o lectura que la hiciera única entre las semejantes.


La contrapartida de todo este proceso es que la búsqueda de este “mensaje visual” no es en absoluto claro ni sencillo y nos obliga a ser atrevidos y a apartarnos de la ortodoxia con resultados no siempre satisfactorios.
 
Las siguientes imágenes tomadas en el ya lejano verano del 2006 en París ilustran bastante bien el significado de mi reflexión.
 
Para la mayoría de gente la primera foto será más llamativa y tendrá mayor impacto visual, pero es una imagen bastante tópica que aunque esté bien resuelta compositivamente, poco dice de mi estilo. La segunda me representa mucho más y va en la línea de lo que me interesa en la actualidad.
 
He usado estas dos fotografías lejanas en el tiempo porque en esa época, todavía no era consciente de mis preferencias en cuanto a género y estilo, pero, aunque fuera inconscientemente, ya se estaba vislumbrando cual sería mi orientación futura.
 
París. Francia.
París. Francia.


 
 
En una próxima entrega intentaré abordar lo que entiendo por “mensaje visual” aplicado al género fotográfico que suelo practicar.

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